Comala
Vine a Comala porque quería oír a las piedras y al polvo ahuyentar las palabras.
Vine a Comala porque no creía en su sol.
Las sombras, cuando fui, eran como grandes cuerpos protectores.
Había que seguirlas hasta que los huesos y la garganta dejaran de sudar.
Vine a Comala no para sentir sus murmullos,
vine para poder olvidar.
Ahora que estoy en Comala, escucho la voz de uno de sus habitantes:
“esta Comala, no es la de Juan Rulfo”.
Tenía razón.
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