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Inicio / Cuenteros Locales / sindari / La suerte

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La suerte baraja las cartas
y nosotros jugamos.
Arthur Schopenhauer


La suerte

– ¿Otra vez?
– Sí. Así son las cosas. No lo tome a mal, pero comprenderá que nos cuesta creerle.
– Pero le juro que estoy diciendo la verdad...
– Comencemos nuevamente con lo que hizo esa mañana.
– Está bien, está bien. Me levanté a las nueve... ya le dije que no sé por qué noté que había apoyado primero el pie izquierdo, pero no le di importancia porque nunca fui supersticioso.
– Sí. Ya nos había dicho eso. Por favor, limítese a los hechos.
– Pero es que también tengo que dejarle en claro que hay una cantidad de cosas que influyeron. Después, como ya le dije, me duché, y cuando estaba en el baño se me cayó el jabón, y sin darme cuenta lo pisé en la bañera de tal forma que salió volando, pegó en el espejo y lo rompió.
– ¿No lo había roto con la herradura?
– No. Lo de la herradura viene después. Antes está el desayuno...
– ¿El azúcar?
– No. La sal, que se derramó cuando fui a buscar el azúcar, así que tiré un poco sobre mi hombro y seguí. Cuando salí de mi casa me crucé con el rengo, que andaba en su carrito...
– ¿Él fue quien le regaló la pata de conejo?
– No. Él fue el de la herradura, que se le cayó al caballo del carro. La de la pata de conejo fue mi tía la monja.
– Usted había dicho algo de otro animal.
– El gato. El rengo también tenía un gato negro en el carro.
– ¿Y, dígame... cuándo vio a su tía?
– Después de dejar a la bruja que me había dicho que los astros me favorecían como nunca y que si jugaba me iban a llover billetes.
– ¿No había sido la gitana la que le dijo eso?
– También. La gitana me leyó la suerte y también dijo que me iban a llover billetes. Ella fue la que me vendió el elefantito blanco. Pero lo de la monja fue antes.
– Entonces... volvamos un poco atrás. ¿Cómo fue que la monja le regaló la herradura?
– Ya le dije como cincuenta veces que mi tía la monja me regaló la pata de conejo, porque me la había prometido cuando comimos ñoquis en casa de mis padres el 29 de febrero.
– Cierto que este año fue bisiesto, pero trate de no desviarse.
– ¡Si usted es el que me desvía del tema!
– Cálmese. Siga con lo de la bruja.
– Estábamos con la gitana.
– Con la gitana entonces.
– ¡Bueh! La cuestión es que después de ponerle el único billete que llevaba encima al elefantito blanco, me dije “Cacho, tenés que jugarte, porque tantas buenas señales no se dan dos veces”, así me que puse el elefantito en el bolsillo y fui al banco para sacar unos pesos, porque no quería pedir prestado para jugar...
– Y ahí fue donde se encontró con...
– ¡Noooo! No lo mencione. Ni piense en él. Ni se le ocurra escribirlo. ¡Nada! Espere que me toco el testículo izquierdo y sigo.
– Tranquilo, no lo tome así.
– Mire, hasta ese día yo pensaba que la fama de ese tipo era puro cuento, y no creía en esas cosa, pero después de lo que me pasó... Yo que usted, si no se anima a hacer lo que yo, al menos toco madera.
– Está bien, no nos dispersemos, siga con el relato. Díganos qué pasó en el banco, y si tiene que mencionarlo dígale... ¿Cómo es que se les dice?
– Mufa, Fúlmine, Yetattore... –terció el secretario haciendo gala de lunfardo.
– Mufa. Llámelo Mufa.
– Bueno. Justo cuando entré al banco me encontré con este Mufa. Me dijo que iba para mi casa porque había cobrado un cheque y me quería pagar cien pesos que me estaba debiendo desde hacía unos meses, así que agarré la plata y fui para la agencia de quiniela que está frente al banco, y cuando estaba cruzando la calle pisé mier... perdone la palabra, Don, casi se me escapa.
– Siga. No se haga problema.
– La cuestión es que como dicen que es buena suerte, más que decidido me fui a jugarle los cien pesos al 71. Era como una señal del cielo que me decía “jugale Cacho, jugale”. Me calcé el auricular del discman y puse al taco el compact. Cuando estaba llegando a la agencia, y mientras me limpiaba un poco la zapatilla, porque además había pisado una muy olorosa y no quería entrar y ensuciar todo, vi que el cordón de la otra zapatilla estaba flojo, así que puse la rodilla del lado que tenía sucio sobre la vereda, para mantener alejada la mier... perdón, casi se me escapa otra vez... como le decía, para mantener alejada la suciedad del pantalón, y me puse a deshacer el nudo que se estaba aflojando del todo, para hacerle uno bien ajustado, cuando... y le juro que nunca me había pasado una cosa así, miré para atrás y vi que justo donde tenía sucia la zapatilla con lo que había pisado, un perro... ¡me estaba haciendo pis encima! Era el colmo. Encima cuando me voy a dar vuelta para espantarlo viene un tipo, me choca, hace que me caiga sobre el pis del perro, y se le caen no sé cuantos billetes y un revolver... y el tipo siguió corriendo.
– ¿Está seguro que no lo vio, que no lo podría reconocer?
– ¿Cómo lo voy a ver? Si en cuanto vi la lluvia de billetes y el revolver, el tipo ya había dado la vuelta a la esquina.
– ¿Y después?
– Después agarré unos billetes y el revolver, no los iba a dejar ahí. Entonces me di cuenta que el revolver estaba caliente, y me cayó el otro tipo encima.
– ¿El policía?
– No, el agenciero, sangrando, y enseguida llegó un policía, y yo estaba ahí, con un montón de billetes en una mano, un revolver en la otra, un tipo desangrándose encima mío, y empapado con el pis del perro.
– ¿Y qué hizo cuando el policía lo arrestó?
– Lo mismo que ahora. Le expliqué como veinte veces que todo fue culpa de la mala suerte. Se lo juro Señor Juez, yo no maté al agenciero. Todo fue culpa de la mala suerte.

Texto agregado el 25-11-2003, y leído por 952 visitantes. (15 votos)


Lectores Opinan
2008-02-05 13:51:25 juaaaaaaaaaaaaa!!!!! no podeeeees!!!!!5* MAGAROSA
2005-05-19 07:29:16 Excelente. Mis *****. Entrador
2004-07-19 20:28:16 Tremendo y divertido Merche merche
2004-02-23 21:46:23 manejas bien los diálogos... maxsarmientomoreno
2003-12-07 13:14:23 Me pareció muy divertido y ameno de leer. El dialogo es muy ocurrente y el personaje parece tan inocente... Felicidades por el texto! tabata_25
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