Mi padre me decía:
“-Hijo, no abras la trampa a los pichones
a cualquier hora. Son muy inocentes;
apenas si aprendieron a volar,
sus alas son muy frágiles
y el aire está cargado de amenazas.”
El abuelo decía:
“-Vamos pa’ lante, que empujan d’ atrás.”
Mi padre y mi abuelo
eran de Finisterre, hombres de mar y de letras.
Eran capaces de sacar un caracol del mar
silbando una muñeira y empinando la bota.
Ambos decían: “-Nadie puede escribir poemas
si antes no ha conocido el mar.”
Yo creía que el mar era agua extendida e inquieta;
agua que sostenía barcos y horizontes;
depósito de amantes suicidas y de náufragos;
hábitat de obedientes caracoles y ballenas con cascote.
Ahora, a la distancia, más allá de ontologías palaciegas
y ciegas elucubraciones en pala-bras-ciegas
de contenido-ciego en bibliotecas-ciegas;
desde el acantilado familiar, suelto mis pájaros,
y hago subir mis caracoles, silbando muñeiras
y empinando la bota.
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