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Iván odiaba a su padre, un barrigón que hacía de galán con cuanta mujer se le cruzara siempre y cuando no fuera su larguirucha y desgarbada esposa Irene (madre de Iván) que vivía con el Jesús en la boca y se manejaba pobremente en la cocina, recurriendo la mayoría de las veces a una tautológica preparación de platos que pretendía ser disimulada sólo por éste o aquel ingrediente, mechado indistintamente según la semana.
¿Otra vez pastel de carne?, preguntó Iván.
Comé por favor, dijo la madre. Gracias a Dios que podés.
Pero de nuevo lo mismo…
Cuando tengas tu propia casa, intervino el padre con cierta aceleración innecesaria, vas a comer lo que vos quieras: faisán, caviar, camarones, palmitos con salsa golf (gesto circular con la mano hacia delante, pretendiendo el másallá). Mientras tanto esto es lo que hay; yo no soy rico para pagar lo que los ricos comen.
Sólo quisiera un poco de pollo alguna vez, en lugar de carne roja o arroz con atún, propuso Iván.
Hay que agradecer al cielo que tu padre todavía puede pagar esto, dijo ella (sin especificar la referencia).
El padre suspiró con fingida credulidad en sí mismo. Luego le dijo a Irene:
Traeme pan.
Hoy no compré.
¿Cómo que no compraste?
Y no, Roberto, el pan aumentó de nuevo esta semana, está carísimo. Además te ponés como una vaquillona; mejor galletitas…
Roberto se molestó, bufó, tomó a Irene del brazo cuando se levantaba por las galletitas, y le dijo a Iván que prendiera la televisión, canal veintidós, el noticiero.
¿No hay nada, ni un poco de ayer?, insistió Roberto con el pan.
Está gomoso, y no te gusta así.
Pero hubieras tostado un poco, Irene, ¿en qué cabeza cabe hacer pastel de carne y no acompañarlo con pan?
Irene tartamudeó al iniciar la mecánica explicación que truncó cuando sus ojos buscaron el mantel, los cubiertos, la superficie del vino agitada en el vaso con los mohines de Roberto, el rostro de Iván que comenzaba a dilatarse tras un velo de sal acuoso y punzante, sus rasgos prematuramente tristes donde la ausencia de la droga comenzaba a labrar su mella.
La quijada de Roberto desmenuzaba pedazos de carne frente al televisor, donde una voz aflautada explicaba con torpeza cómo habían sido capturados trescientos kilos de cocaína en el conurbano de la ciudad.
¡Cómo se estropean la vida, Cristo!, exclamó Irene para huir del pan y el tremolar del vino.
A la noche, desesperada por el término y olvido de reposición de sus ansiolíticos, dio vueltas en la cama planeando con alas rotas sobre los ronquidos de Roberto, que solía sudar un aroma graso al dormir, sulfatado, a cebo. Tomó de la mesa de noche una pastilla de menta y evaluó la posibilidad de calentar un poco de leche con azúcar, comer una porción de membrillo para relajarse: por la mañana se sentiría mejor, escucharía la radio antes de hacer las compras, fumaría un cigarrillo a solas o telefonearía a Silvia, quizás Amanda.


Iván atravesó la plaza y se detuvo frente al colegio cuando despuntaba el día, latiendo con cifrado ritmo, bajo su piel, la necesidad matutina de la droga. Yohana Nun, alumna del tercer año de economía y gestión, le hizo señas desde la esquina amarilla, salpicada por el fulgor eléctrico de los faroles de la plaza.
¿Conseguiste algo?, preguntó inmediatamente después del mecánico, formal saludo.
Nada, dijo él, hace días, me quiero matar.
Mi primo tiene un amigo; dice que consiguió así, pero quiere ochenta pesos.
Está loco.
Sí…


Irene: aburrida.
Piensa en una cena para matrimonios, quizás los Juárez, los Beledo, ¿los Quiroga?
¿Segura de esa ajena simpatía? ¿Pondría las manos en el fuego por Delia (Beledo) o por Mirtha (Juárez) o por...? ¿Y ellos, los esposos? ¿Qué compartían con el ogro (así le gustaba llamarlo) de Roberto? Costaba ya visualizar lo pasado, hurgar el espacio y tiempo donde se habían conocido, reconocer las afinidades, esa indolente acumulación de simulacros que los hombres llaman vida.
“Es un médico excelente, querida, y el tratamiento para adelgazar que tiene, inmejorable”.
“Hace tiempo que no hacemos nada juntos, pero este año ya le dije a Ignacio: vamos a la costa”.
“…porque con esos sillones, qué otro color que no sea crudo se te ocurre para las cortinas?”.
Nada. Nada en verdad. Eso era lo que compartía con todos ellos, cielo santo, nada de nada, (nudo en la garganta, ganas de llorar, necesidad de una estampita, bla, bla, bla).


Roberto excusó un profundo cansancio por la tarde, cuando ella propuso el restaurante, el paseo por la costa, la película, total, con el frío que hace y lo caro que está todo, mejor calentar un poco de carne y quedarse acá, algo en la tele darán, ¿de Internet no se podrá bajar para verla?
Comieron temprano.
Iván aún no regresaba de sus clases de guitarra e Irene recordó con la subrepticia refulgencia de un rayo que tampoco aquel día había comprado sus ansiolíticos: buscó la receta del doctor Blanc en el bolso, tomó dinero, una pastilla de menta, salió.
Caminó por la avenida iluminada, buscando la compañía del poco de bullicio que las calles laterales (todas llamadas Roberto) no podían darle. Un lánguido sol, color sangre, insistía detrás de los edificios, el muy marica, con escupir jirones de nube sucia mientras a pocas cuadras de allí, en el parque de la Trinidad, Iván y su amiga distraían la demora de alguien (la guitarra, sin afinar, a un costado). Algunas luces parpadearon en los senderos, sembraron charcos de oro alrededor de los bebederos y la fuente, marcaron la impaciencia de ambos, diluida en las circulares caminatas de él alrededor del banco donde ella se subía y se bajaba la manga de una camiseta.
¡Puta madre con este tipo que no viene!
Mi primo me dijo, quedate tranquilo…
Mandale un mensaje, decile que estamos acá…
No traje el teléfono, dame el tuyo.
No tiene carga.
Sentate un poco, ya va a venir.
¿Sí, cuándo, cuando a mí me agarre un ataque?
Por favor, Iván, no seas exagerado, nene (sonrisa), tené paciencia.
Paciencia, paciencia, ¡cómo si vos no te estuvieras comiendo la cabeza como yo!
Lo sé, pero no parezco una drogona de mierda que no se queda quieta un segundo.


Si su marido no la saca a pasear, debería conseguirse a alguien que lo haga, dijo Roberto (detrás del mostrador), seguro que no faltará quien sea materia dispuesta, mire que camarón que se duerme…
La mujer sonrío mecánica y pueril, tentada de terminar el refrán: sobre su pelo teñido el bailoteo burdo de las luces de la farmacia sugirió la anomia o la condescendencia. Un bocinazo sonó afuera, o lejos. Todo valía lo mismo en la tarde putrefacta de los hombres, donde Irene buscaba un teléfono. El corazón palpitando fuerte; la sensación de nausea, en sus piernas, haciéndole el camino hasta el locutorio, la cabina, la artificial atmósfera invertida del espejo.
Una voz de hombre dijo hola.
Irene lo imaginó ocupado, sintió molestarlo.
Tardaste en atender, dijo.
Estaba afuera, con las plantas. Sólo sonó cuatro o cinco veces. Imaginé que eras vos.
Espero no estar poniéndome predecible.
No te preocupes. ¿Dónde estás? Te noto cansada.
(Irene casi quiebra la voz en un ahogo que le subió desde los ojos)
¿Irene? ¿Qué pasa?
Necesito verte, aunque sea un rato.
Es que…
Por favor; no me siento bien.
Bueno, dale. Pasá. Te espero.


En la cara de ella se cifraba algo feroz. Acaso, una tristeza ardiente que la había empujado a través de la ciudad, el ascensor, los tres golpes en la puerta en espera de una respuesta: él, que abre y mira fino por entre la puerta y la deja pasar, no hace preguntas mientras camina hacia la ventana y busca la avenida abajo, el destino invisible de autos y personas.
No se saludaron.
Ella miró su ropa en un espejo, lo vio a él recorrer el mueble, sacar cigarrillos de una puerta, buscar fuego en un lado y en otro, fumar. Hasta que habló y dijo esto no puede seguir así.
Lo sé, pero entendeme. Estoy sola y me estoy muriendo.
Irene…
Es cierto, te juro… me estoy secando por dentro.
No digas esas cosas.
Yo sola sé por lo que estoy pasando.
Tu casa…
Sí, siempre mi casa.
Lo dicho, esto no puede seguir así.
¿Y me querés decir qué se hace, entonces?
Es tu casa, ya encontrarás la manera.
Para vos es fácil decirlo…
No, es cierto. Estoy seguro.
Yo te pondría a vos a vivir lo que yo vivo todo el tiempo ahí metida con este ahogo permanente.
Vas a poder, Irene.
(Irene ya llora).
Tranquila, dice él y le toca la cabeza sin ganas. Vas a estar bien cuando todo esto pase.
Ella, sentada en una silla, lo agarra fuerte del pantalón, hunde su cara en la tela de la pierna.
Él aún le toca la cabeza cuando empieza a imaginar un campo bajo el sol, un día en verano, el posible plan para las vacaciones con Beatriz, cuando todo esto, la cabeza que toca, quede tan detrás que nada.




Texto agregado el 07-09-2006, y leído por 590 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2007-04-20 23:34:23 Mirá qué loco; acá abajo de dicen que parecés un artista plástico; yo hablo de un dramaturgo. Acá no hay soliloquios; hay acción (fondo). Vemos, pero no sabemos (fondo). Fijate que incluso las últimas dos partes tienen diálogos y didascalias (forma). Formato teatral total. (qué frase más enredosa). En fin, Romero, te imaginarás a esta altura que el cuento me gustó mucho, y que quizá te esté sugiriendo algo en el momento en que te digo que, para mí, esto en su forma y fondo es teatro. Besote! polaroid
2006-09-22 23:54:41 Qué cuento, che, qué manera de escribir. Es fascinante lo que hacés con el mundo cotidiano, con el día a día. Esto raya la crítica social, las descrpciones son justas. Tremendo queni ckpelotudotenes
2006-09-16 03:00:43 Siempre que leo tus textos me imagino que "pintas" los textos. Que utilizas la paleta de emociones para caracterizar a cada personaje, de una manera increíble. El título, rotundo y a la vez sutil... en fin, que me pongo cursi como esos críticos engolados que se pasman ante los cuadros. Yo de engolada, poco. De pasmada frente a tus textos que sabes que me fascinan -aunque tarde en leerlos como escancio los caramelos-, siempre. santacannabi s
2006-09-14 03:31:58 Otra vez y como siempre. Perfecto. Besos, y ¿qué pasó que ya no hablamos? Si... ya sé... desaparecí de nuevo como desaparecía Irene. Ya me aparezco, ¿tú? Evangeline
2006-09-11 20:09:49 Hay cosas IM-PE-CA-BLES en este texto. Es verdad: no se puede comer pastel de carne (yo le digo pastel de papas) sin pan. Impensable. Son precisamente esos detalles tan minuciosos y perfectos que hacen de tus cuentos una soga a la vida que nos alcanza. ¡El odio de Iván!¿Còmo no odiar a su familia? Ay, Diego...¿còmo haces?...mirá que a mi me gusta observar los detalles, pero vos te los apropiás... y sin dudas sos cinematográfico, como dice abajo Puerto_Montt. Este cuento, por ejemplo, me remite al comienzo de la película Magnolia, donde ante varias secuencias el locutor indaga sobre lo casual y lo causal. Mirá qué loco, no? Todo lo que me pasó al leer, y, sin embargo, no lo terminé de entender. No entiendo el final. Presupongo cosas, pero no me cierra. Y si me dejan especular, me puedo ir muuuy al carajo...así que supongo me quedaré en el carajo, ja!...como siempre, majestuso en la forma, y en golpear fibras. Beso. OliveriaVol_II
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