-----------------------------------------------------------------
Entre los comentarios que me dejaron por "Yo bajé de un hondazo a Juan Salvador Gaviota" había uno de Newén dandome la idea de este cuento, a él está dedicado y a él deben reclamarle si no les gusta:
2005-07-21 07:05:59 Te sugiero que le apuntes al cordero de El Principito, Es carne más tierna que la del pajarraco, aunque puede tener un ligero sabor a papel. Un buen cuentero merece el mejor menú y más si es huerfano. NEWEN
---------------------------------------------------------------------------------
Para esta especialidad deberá encontrar primeramente al Principito a quien no será fácil de convencer que le entregue su mascota pues de seguro se ha vuelto ya un joven problemático y caprichoso, un joven de aquellos que crecen sin la contención de un seno familiar que los cobije en una sana, ética y carismática educación.
Ha de ser uno de esos raros e introvertidos mocosos que siempre han andado solos en la calle hasta quién sabe qué hora y vestidos con unos atuendos fuera de lo común, como si no le interesara lo que piensan los demás de él, porque dicen que ya desde niño no era para nada normal y que cuando le hicieron el test de Roschach le mostraron la silueta de un sombrero y el muy estúpido vio una boa rellena de elefante, algo que de sólo pensarlo resulta de un pésimo gusto culinario.
Y vaya a saber hoy en qué andará, de seguro que se hace el que vende artesanías en la plaza, pero sólo ha de ser para aparentar que intenta hacer algo ganarse la vida y su negocio real deben ser las drogas como todos estos hippies crinudos, porque a mí no me van a decir que alguien puede querer comprar esas porquerías que hacen estos tipos ahí sentados en el suelo, todos mugrientos y oliendo a sahumerio, que para mí que los sahumerios no son para aromatizar el ambiente ni por la influencia oriental de que nos invaden los chinos y los japoneses, son para ahuyentar las moscas que atraen esos malvados mal lavados.
Pero le decía, de seguro usted señora lo va a reconocer al adolescente mamarracho por algún peinado raro, porque lo primero que se les da a estos vagos indecorosos es por hacerse algo en el pelo, dejárselo pinchudo y parado o pintárselo de rojo o porquerías del estilo, recién después empiezan a hacerse tatuajes o a atravesarse alambres en la nariz, en el ombligo o en otras regiones anatómicas impúdicas que prefiero olvidar, o mejor dicho, que ya ni recuerdo para qué servían.
La cosa es que usted lo encuentre, entonces viene la segunda parte de los preparativos correspondientes que es saber a qué tribu urbana pertenece hoy en día aquél niño descarriado y preguntón de otrora.
Si el muchacho se ha vuelto dark o gótico se va a dar cuenta enseguida porque son unos pálidos y lacónicos que van vestidos de negro, son como murcielaguitos que se hacen los incomprendidos y andan al oscuro jugando a los vampiros. En ese caso simplemente tome el cordero y lárguese, nadie la verá.
Si fuese un revolucionario o un comunista, explíquele que usted viene enviado por el comité central para decomisar a la bestia (a la cuadrúpeda, no a su amo) pues va a efectuar una averiguación de antecedentes ya que se sospecha que no se trata en verdad de un borrego si no de un cerdo burgués capitalista disfrazado.
Si el conflictivo niño se ha vuelto un yupie o un nuevo rico marketinero, sólo le bastará con acercase y mostrarse interesado en la oveja, eso ya resultará suficiente para que el fanfarrón, sin más dudarlo, se lo quiera vender. Deberá soportar –eso si– un discurso sobre la satisfacción garantizada, sobre la oferta y la demanda de mercado y estupideces por el estilo, todo un palabrerío con el que sólo buscan disimular que por un monto razonable serían capaces de venderle el hígado de su madre si alguna vez hubiesen tenido una. Si quiere aprovechar el combo de promoción, por un pequeño plus se encargan ellos mismos de carnearlo.
Si se trata de un neonazi o de un punk, no tiene usted señora más que poner voz chillona y expresarle su indignación ante lo que considera una crueldad y un atropello a los derechos del animal por tener a esa pobre mascotita atada a un árbol. Para rematar su actuación y asegurar la efectividad no olvide preguntarle quién se cree qué es él para cometer semejante barbaridad. Verá como de repente el joven desfachatado pone un irreverente gesto de zozobra y sólo para demostrarle desafío y decisión convicta que de ir en contra de aquello que intenta imponerle la sociedad moderna y civilizada; él mismo causará el deceso inmediato del plato principal que hasta ese momento se encontraba vivo y crudo aún. De seguro que el debutante matarife intentará sorprenderla con una técnica violenta y alevosa para sacrificar a la presa de caza, usted no se deje amedrentar y recuerde que las salpicaduras de sangre que le alcancen podrán ser removidas luego dejando las prendas en remojo toda una noche con dos cucharaditas de lavandina. Un secretito culinario: cada golpe de cadena o de manopla que reciba el ganado en pie, servirá para tiernizar un poco más la carne de un animal que –a qué negarlo– se encuentra ya bastante entrado en años para ser considerado de primera calidad y que no se cuece de un hervor.
Como sea, tome los trozos sobrantes, coloque en una fuente mediana, salpimente y lleve a horno medio por dos horas. Separe los restos de lana en un bol y rocíelos con woolithe y crema de enjuague para cabellos claros sin teñir.
El punto justo de cocción es cuando el collarcito se ha calcinado totalmente. Mientras aguarda, escriba una carta al Papa pidiendo que sea indulgente conmigo y con estos pensamientos retorcidos que me vienen a la cabeza a pesar de haber crecido con la contención de un seno familiar que me cobijaba en una sana, ética y carismática educación. |