Todos los habitantes de Xochicalco escuchaban absortos el relato de la hazaña de Pacal Balam. Se encontraban una tarde más, como todas las tardes de los últimos diez días, reunidos en la gran plaza alrededor de Tlatli, quien les contaba, con todo lujo de detalles, el gran acontecimiento. A pesar de que la atención que le dispensaban era máxima, la fe de los concurrentes ya no era la del primer día. Se diría que cada día que pasaba crecía el número de descontentos. El ambiente era más tenso de lo habitual. Aquella tarde, sin embargo, ocurrió. Justo cuando Tlatli narraba el momento épico en el que, de un certero rodillazo, Pacal Balam atravesó la pelota de hule a través del aro de piedra, justo en ese momento empezó a llover. Y llovió y llovió. No paró de llover durante meses. Las serpientes rojas que brotaron al contacto de la obsidiana con el cuello de Pacal Balam habían conmovido a Ch’aak y la tierra era fertilizada.
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