Rodolfo, a sus treinta años seguía teniendo mucho cuidado con que pie pisar primero, a la hora de levantarse y es que él desde muy niño era muy supersticioso y estas creencias extrañas lo había heredado de su madre y ésta a su vez de la abuela.
Rodolfo era muy cuidadoso con cada cosa que hacía para evitar la mala suerte y todo aquello que podría provocarlo y de esta manera había terminado su carrera de Contador en una prestigiosa universidad estatal. Siempre fue un estudiante regular.
El día que eligió su carrera, también, prefirió visitar a una señora que sabía ver la suerte para que le aconseje y no se equivoque en su elección. La señora muy ceremoniosa tendió las cartas después de “chacchar” la coca y empezó su adivinación mencionado a su familia trabajadora de Rodolfo, de la vecina que los envidiaba y les quería hacer daño, de dos mujeres muy bellas y adineradas que estaban interesadas en él, de un mal que pronto lo aquejaría y era urgente una “limpia” por 100.00 nuevos soles, etc., etc., hasta que, cuando le habló de su carrera le dijo: Tú vas a salir adelante, vas a llegar a ser profesional, vas a tener mucho dinero, tú has nacido para trabajar con dinero - y le vaticinó en voz baja y misteriosa - Tu serás bancario, contador, tesorero o economista - ¡¿Cuál me sugiere?! – preguntó ansioso – Contador – respondió impulsivamente, ya que en su ignorancia no sabía la diferencia que existía entre las carreras que había mencionado y Rodolfo eligió ser Contador.
Años después, ya con el título en la mano, se había presentado a una prestigiosa empresa internacional que llegó a Satipo para realizar importantes trabajos en la selva y ofrecía un fabuloso sueldo.
El día que llegó a una de sus bellas comunidades de la enmarañada selva, donde la empresa se había instalado, los pobladores colonos le informaron de las costumbres propias de la zona, de la vida de los nativos, que no debía despreciar nada de los ofrecimientos de las comunidades, porque de lo contrario no encontraría ni agua de parte de ellos; se enteró de la pusanga entre muchas otras cosas.
Hasta que una mañana, un joven poblador colono, que se había dado cuenta de lo supersticioso que era, cuando este no se dejó cruzar con un gato distraído que cruzaba por el lugar, quiso jugarle una broma. En el lugar vivía una nativa muy hermosa y refiriéndose a ella le dijo: Esa shinani te dado la mano después de frotarse con “pusanga”, porque tú le gustas y ahora tú te irás enamorando poco a poco de ella y ya no te querrás separar y si te separas te volverás loco de pena.
A partir de ese día empezó a pensar en ella, día y noche, no la podía apartar de su mente, hasta que a la semana estaba pidiendo la mano de la joven, convencido de que la pusanga le había hecho efecto y él se sentía profundamente enamorado de ella. Fortuitamente, empezó una maravillosa vida, al lado de aquella bella mujer y muy trabajadora.
La evaluación para el trabajo en mención duró como veinte días y llegado el momento de los resultados, estaba muy nervioso. Esa noche había cantado una lechuza en el techo de su casa - ¡shoooajjjjj! -, esto le causó una profunda preocupación, el canto de la lechuza era de mal augurio - ¿Se iría a morir alguien de la familia? o ¿Le iría mal en el trabajo?... - toda la noche no pudo dormir, ya al amanecer había logrado pestañar un poco, cuando se despertó su esposa ya se había levantado sin despertarlo para que siga descansando, sin darse cuenta que se estaba haciendo tarde para llegar a la entrega de resultados y adjudicación de plazas de trabajo.
Al bajar de la cama como siempre tuvo mucho cuidado de pisar primero con el pie derecho, pero, por la mala noche, con la pesadez del cuerpo, se había enredado en las sábanas y al tratar de jalar el pie derecho se balanceó al borde y ¡Ay! casi se cae y para evitarlo pisó con el pie izquierdo, esto lo desesperó llevándolo a la seguridad de que no conseguiría el trabajo; al momento de hacerse el aseo, llevado por los nervios no sujetó bien el pequeño espejo, este cayó de sus manos y se partió en dos pedazos - ¡Noooo…! - gritó tristemente - ¡No puede ser…! - y ya no quiso salir de casa; su esposa muy pacientemente lo animó como pudo.
Salió de la casa muy pesimista, afligido, cabizbajo, sin darse cuenta cruzó por debajo de la escalera de unos trabajadores que estaban haciendo instalaciones eléctricas, al darse cuenta le faltó poco para ponerse a llorar - No conseguiré el trabajo – se dijo a si mismo. Con las manos en los bolsillos siguió pesaroso y lento.
Cuando llegó a las oficinas, todo estaba cerrado, miró desesperadamente en todas direcciones, no había nadie, vio su reloj, ya había pasado cuarenta minutos de la hora fijada, entonces recordó amargamente a la lechuza, la forma cómo se levantó, el espejo roto, cuando pasó bajo la escalera; y sentenció - ¡ya sabía que me iría mal, todo me había avisado! - se sentó bajo un árbol de mango y lloró consternado, como un niño…
Un poco desahogado se levantó, empezó a caminar arrastrando penosamente los pies, cuando de pronto una mano le dio una palmada en el hombro - ¡Felicitaciones vecino! - le dijo – ¡Haz salido seleccionado! – No entendió que ocurría y confundido repitió - ¿Seleccionado? ¿Yo? – ¡Sí!, no has leído en la puerta, está pegado el resultado. Dentro de una semana será la adjudicación, porque se han ido al Sur a ayudar a los damnificados…
Levantó la cabeza sin saber como explicar lo que pasó, solo atinó a balbucear ¡Gracias Diosito!...
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