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Alejandra vs. los nenúfares
(a Alejandra Pizarnik)
Posiblemente habría muerto en andas de la lluvia
delante de ellos, dándole un corte de manga
a quienes perseguían su pindonga truculenta
en los espejos diurnos de la noche.
Bueno, a pesar de todo, no intentó quedarse
en los salones gallineros para oírlos;
pero, aun así, sus sentidos miniaron el silencio;
los oyó en su versión de alas, de altura en verso libre;
en insondable salto de palabra exacta, pura y flexible;
en sabia cólera e insufrible vértigo de ascenso y gloria
con su cascada pértiga.
Puedo verla llegar, a gritos de alma,
para una solitaria fiesta de tristeza;
yendo, de abajo a arriba, en el secreto abierto
del árbol del dolor, contra los pájaros
migrantes de la noche, en aproximaciones mínimas,
para entender los últimos fracasos del día
en un informe puro de tinieblas.
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