He visto
un perro callejero.
Malcomido,
malnacido,
malgastado,
malpensado por su infancia.
Un perro imperfecto,
medio tierno,
medio triste,
medio real,
que se tiene a sí mismo.
Un perro
que posee
escondido en cada pelo
un momento
cargado de instantes
en los cuales
un quizá se está gestando.
Está echado a la vida
dorándose en el tiempo
conservándose en el espacio
disecando su importancia
sintiendo
su caída y su distancia.
Allí
está el perro,
cuasiperro,
silencioso,
ignorante,
necesitando más caricias
que una lámpara mágica...
Quizá
en alguna madrugada
venga
un genio imaginario
y le acompañe
sus pulgas,
sus miradas,
sus sospechas.
Y el Concepto
sólo pasa y lo renombra.
Lo acomoda
con repugnancia
para la existencia
más próxima
y urgente. |