Una marea llena de colmos subió por la calle. Era tarde, mi hermano gemelo sucumbía ante la presencia de ingnominioso mar. Su rostro estaba placidamente lleno de sal, sus manos desgarradas y sus ojos semi-abiertos. Al tiempo, me fui de viaje al Norte del Sahara. Allí encontré en las rocas vestigios de pirámides subterráneas y en una de ella, de forma cuadrada y oblicua, ví a mi hermano.
Estaba lleno de vigor y asombro. Imitaba mis movimientos y de vez en cuando se alargaba y encogía. En ese momento me di cuenta que era sombra de extraña y famélica contextura, y la ignorancia me había acompañado desde mis primeros pasos. Volví a mi tierra después de dos años. Allí encontré a mi madre, y mi padre quietos y silenciosos. Su faz había cambiado y un rudimentario pedazo de piedra los unía. El día era lluvioso y casi al atardecer, entre los arbustos y la claridad del foco, que facilitaba la empresa fúnebre. Mi hermano acompañó mi agonía. |