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Inicio / Cuenteros Locales / guy / LA MAGIA DE LOS TARADOS

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...Hacía poco más de un año que vivíamos juntos, Soledad y yo. Mi segunda pareja luego de mi ruptura con Sofía, mi primer matrimonio. Aquel octubre habíamos planeado un viaje a Puerto Madryn, con el objeto de subsanar unos pequeños problemas de convivencia, dificultades de índole doméstica que en algún momento, intuí, hubieran hecho peligrar nuestra muy sana relación.
La idea se me había ocurrido pensando en aprovechar unos días de vacaciones pendientes, de los cuales no había disfrutado en su momento. Imaginaba, de buen agrado, que la quietud de las playas en esa época del año, la claridad del cielo primaveral, el arrullo de las olas, y el cambio de aire eran factores esenciales para encontrar una intimidad ideal, como una segunda luna de miel, de esas que nunca está demás planificar. Estaba todo perfectamente organizado, en la instancia previa. Iríamos en el auto, acompañados por Rolfi, un pequeño Ovejero Belga que en su momento había adquirido yo con el objeto de calmar las ansias de maternidad de mi queridísima compañera y amante fiel, Soledad.
Mi rechazo a ser padre, venía de mi anterior romance con Sofía, y mi espantosa relación con Palmiro, una criatura sencillamente insufrible, que, apañada por mi tierna Sofía, habíame hecho crispar de nervios en reiteradas ocasiones hasta llegar al completo abandono de mi relación…
Palmiro era un loro barranquero, compañero de Sofía desde antes de que nos conociéramos. El ave tenía horribles costumbres que yo atribuía a la mala crianza de su ama, y por qué no madre substituta, mi estimada Sofía. Ella, una fémina de costumbres rigurosas e higiene extrema, buenos modales y elegancia en el habla y en su vestimenta además; parecía haber hecho caso omiso de todas sus virtudes en la educación del pajarraco aquél, quien gozaba de privilegios mayores de los que tuviera cualquier humano que pisara nuestro departamento en la calle Coronel Díaz. Recuerdo, no sin irritarme en cierto modo, que Palmiro despertaba muy temprano los sábados y a viva voz intentaba recitar aquel estúpido poema de Pablo Neruda, que reza: “me gusta cuando callas...” Jamás lo recitaba correctamente, a aquel poema, el ave, y según perdíase en las palabras volvía a empezar: [me gusta cuando callas]... Lo que más hubiera deseado yo, es que aquel plumífero hubiese
callado, deseo el cual no parecía corresponderse con el de mi Sofía, quien ponía especial dedicación en que Palmiro recitara enteramente y sin errores aquella prosa romántica...
Sofía solía inmiscuir al pájaro en nuestras discusiones, el animal siempre intercedía en mi contra, el muy alcahuete. Palmiro denunciaba asidua y sistemáticamente todas y cada una de mis contravenciones. Poner los pies sobre las sillas para mirar la tele, mojar el pan en la olla de la salsa, escupir desde el balcón, cartearme a la canasta, bajar pornografía de Internet, y demás actividades. Todas llegaban al oído de Sofía. Todas.
Había adquirido yo, para aquel entonces la placentera manía de orinar en la pileta del baño, en épocas de calor. Apoyaba el pene en el borde del lavatorio, frío, al cual llegaba con absoluta justeza y comodidad, imaginaba un habano en un lujoso cenicero de porcelana y orinaba con fuerza. De esa manera me hacía acreedor a una sensación de frescura que, desde aquella prominencia viril, invadía todo mi cuerpo. Un verdadero placer que cierta mañana de domingo fue observado por el verdusco vigilante. Lo vi, recuerdo, en el espejo al pajarraco, y cegado por el pánico y la indignación me abalancé sobre él, lo tomé de las torpes alas y lo arrojé por el balcón, diez pisos hacia abajo. Luego sequé la orina del piso y mientras pensaba una buena coartada, sentado en el sofá hojeando nervioso un periódico viejo, escuché la puerta y al girar la visión, estupefacto, vi entrar a mi Sofía cargando
la bolsa de las compras y Palmiro posado en su hombro...
De nada sirvieron mis explicaciones acerca de la cantidad de agua que uno podía ahorrar orinando en el lavatorio; ni que había que cuidarla, al agua, porque los océanos no pueden proveernos de aquel líquido potable; que la desertización avanza a pasos agigantados provocando el calentamiento de la atmósfera; ni mucho menos que en realidad estaba enjuagando mi pulgar, y que el estúpido pájaro había intentado suicidarse por mentiroso. No. Ese fatídico incidente echó por tierra mi vida con la estructurada Sofía.
Y era por esa vivencia, creo yo, que sentía especial rechazo a la paternidad; aquella virtud humana que una mala relación con un “hijo” adoptivo había hecho en mí semejante mella, con sus secuelas traumatizantes...
Rolfi parecía cumplir a la perfección el rol del hijo de la pareja. Su comportamiento era similar al de cualquier infante. Esto es; aullar de noche, romper los adornitos de las repisas, jugar a la pelotita, ensuciarse al comer, jugar con sus excrementos y ponerse contento o de mal humor con cualquier estupidez. Y, por otro lado, requería amor y cuidados propios de una pareja de joviales padres. Yo rescataba especialmente, del animal y por razones obvias, la incapacidad del habla. Rolfi no hablaba ni hablaría, jamás. Además estaba seguro de que, llegado el caso, si el can caía por el balcón no tendría posibilidad alguna de sobrevivir y parecería un accidente al cual nadie prestaría especial atención...
Aquella mañana de octubre, decía, abordamos los tres el Ford Taunus '89 con equipo de gas, y partimos con la fresca brisa matutina, revitalizante y prometedora. Viajamos durante todo el día, parando para descargar la vejiga y comer bizcochitos agridulces con mate amargo. Reíamos, mi Soledad y yo, y nuestro Rolfi hacía morisquetas y mordisqueaba objetos diversos. Una típica familia de clase media argentina, escasa y feliz. La gran cosa hecha de pequeñas cosas. Cayó por fin la noche. Octubre enfría los huesos, al sur, con su brisa marina espesa, con su viento casi patagónico pero húmedo aún. Decidimos dormir, mi Soledad y yo. Rolfi lo hacía en el regazo como cualquier niño. Babeado.
El hotelucho se mostraba apacible y sencillo, por pocos pesos nos dieron la llave de un cuarto con un baño pequeño, y una comida aceptable. Por mi parte evité el exceso de bebida alcohólica, quería disfrutar a pleno de esa noche única, preliminar. Recuerdo, en especial, el hecho de tirarme en la cama de dos plazas y media con mi Soledad a mi lado; mi pluma fuente Parker, con cartucho de tinta negra; y mi revista favorita de crucigramas. Un lujo. Ella se durmió rápido, seguida de Rolfi, quien luego de mascar hasta el hartazgo una pelotita de tenis quedó tendido al pie del lecho.
Fue una acción rápida, una aparición, yo estaba fastidiado por el sueño y resolviendo un crucigrama jodido, en las definiciones decía: “judía, habichuela” y entraba en seis casilleros, terminaba con L, imposible para esa hora, en una de esas empezaba con F, con la inicial del símbolo químico del hierro que me complicaba siempre, por la tabla periódica que no me sabía. Tenía a la palabra en la punta de la Parker, mientras miraba la verruga con pelos que lucía Soledad en una de sus nalgas. Tenía la bombacha, ella, metida entre las asentaderas y yo buscaba la solución al acertijo en aquella peluda protuberancia. Ella odiaba el hecho de que yo repare en su ornamento. En fin, Rolfi se despertó, en ese momento, sobresaltado. Pensé en un chancletazo, o un chorro de agua de mi vaso en la mesita de luz. Pedagógico digamos, estaba yo en duda cuando presencié lo que sería el
principio del fin. Una cosa amorfa, descolgándose por el marco de la ventana que se abrió de golpe.
Parecía un mamarracho de esos que dibujan los niños pequeños con crayones, marrón, pero
corpóreo como esos fardos redondos de pasto seco que vuelan en los pueblos fantasmas de las películas gringas del oeste pero aplanado, como una babosa, como esas madejas de pelos que juntan los empleados en las peluquerías cuando barren. En principio me tranquilizó el detalle de la falta de ojos de la cosa esa, aunque se acercaba a la cama. Rolfi huyó despavorido por la ventana creo, o por algún lado, raudo pero enmudecido. Nunca lo supe, el destino del perrito. La inmundicia esa se desplazó con relativa rapidez hasta alcanzar el cuerpo, el mismísimo fuselaje de mi queridísima Soledad. No pude moverme durante esa escena. Temí despertarla porque ella siempre fue muy impresionable. Hubiera gritado, Soledad, hasta despertar a media Patagonia. Eso pensé. Y luego, una vez que la porquería la hubo rodeado escuché un ruido como cuando uno se para sobre un cajón
de fruta para partirlo en pedazos y luego separar las maderitas para el fuego del asado. Igual que ese ruido. Como de huesos triturados pero sin una gota de sangre en las sábanas. La cosa se retiró, después de lo que me pareció una comida. ¡Frijol! Pensé, ésa era la palabra, frijol, me la trajo a la mente el tema de la comida, además la porquería parecía un vegetal. No sé bien por qué lo relacioné, porque mi Soledad no era ninguna judía, ni le gustaban las habichuelas, o por lo menos jamás me había preparado habichuelas. Observé el espacio libre en la cama. Muy original ella para borrarse. Pensé. Si no le gustó el asunto del Rolfi podríamos haberlo discutido. Pensé. De última si le hubiera gustado más un gato siamés, yo se lo hubiera conseguido. Siempre tuve la idea de que las mujeres son criaturas que nunca dicen las cosas de frente. Original fue, mi Soledad, para dejarme solo. Pensé.
Di con la importancia del desastre al despertar con la luz del día. Decidí volver a casa.
Como quien intenta tragar una medusa pasaba yo mis días luego de aquel extraño suceso; con esa angustia de los que pierden el mérito de emprender. Un sabor a derrota crónico. No conseguía confidente en quien depositar con confianza mi pérdida irreparable y de forma tan extraña. Por ello fue que decidí ir a ver a mi abuela, que estaba en un geriátrico medio estúpida por los años. Nadie le creería mi historia si ella decidía comentarla, pensé. Pese a lo imaginable no se impresionó, mi abuela, con mi vivencia. Según el transcurso del diálogo ella demostró interesarse mucho en Rolfi; por lo que la reunión terminó en una deliciosa charla acerca de los perros. La vieja, de origen europeo, intentó una deducción acerca de la población de ovejas en Bélgica, la lana del sur argentino, los pastores mapuches y los perros de policía adiestrados para cuidar las residencias de los ricos; para luego destacar su preferencia por los escuerzos del sur del Brasil con sus vivos colores y silenciosos andares…
Pasaron los días, la monotonía del trabajo hasta la depresión. Notable lo que puede hacer un
ambiente de oficinas con la gente que lo habita diariamente, café a café. Me había dado por esos días en sentirme más miserable que de costumbre. Una empresa con muchos empleados los provee de todo lo que necesitan: vacaciones, obra social, jubilación, disputas estúpidas, competencia, sexo, amor, hijos, familia, manchas de café, partidos de fútbol, comidas de fin de año... En fin, cualquier idiota puede sentirse importante en una oficina a la que acude diariamente porque hasta de eso nos proveen las oficinas. De importancia. Encontré en un baño público a un conocido común de Sofía, un tal Marcos. Me comentó, él, que ella había preguntado por mí en ciertas ocasiones. Me informó, al pasar, que mi Ex compartía sus días con un hombre iraní de nombre impronunciable que conoció en la Feria de las Naciones. Decidí dejarle al tal Marcos mi número telefónico con la esperanza de
escuchar la voz de mi viejo amor. Sofía.
Luego de aquel encuentro con Marcos me invadió una sensación de curiosidad y nostalgia.
Recordé la sensación lejana del interés desesperado, de los sueños y la desdicha de desear algo sin poder esperar a que se concrete. Me vino a la mente la compra de mi pluma fuente. Pocas veces en la vida había yo deseado poseer algo con aquella intensidad. Un sueño hecho realidad. Entrar al comercio y decir: -déme esa, señorita- y el hecho de llegar a casa y disfrutar de aquellos trazos en las hojas gruesas de los cuadernos “Rivadavia” y luego de lleno a las revistas de crucigramas... O firmar las facturas de pago diferido en los supermercados. -Querer- Era mi cuestión. Conocía yo de esas cosas. Igual que cuando llegamos a nuestra nueva casa con Sofía por primera vez, o cobrar el sueldo a fin de mes... El hecho de querer siempre había sido para mí como la magia simple de la que disfrutaría cualquier tarado, el destino concreto de los deseos. Un absurdo convertible sin reflexiones previas, sin discusiones... ¡Porque en el hecho de tener se esconde el truco que seduce a
los tarados!...
Poco tiempo tardó Sofía en comunicarse. Decidimos encontrarnos en un bar céntrico a la salida del trabajo.
Ella se veía hermosa. En realidad se mostraba hermosa, yo la desconocía y eso me inquietaba. Hablamos mucho de pavadas y recuerdos. Me contó de su nueva pareja, y del trágico fin de Palmiro, el ave. Se dio un sábado por la mañana, el pájaro ensayaba sus lecciones de inglés cuando el iraní despertó y lo asesinó. Gente nacionalista y de cuidado resultó el hombre. Ella me dijo que ese día no lo echó por miedo a correr la misma suerte que el loro. Además, confesó, a Palmiro le salían mal sus lecciones; hecho que atribuía a la vejez del pájaro, mezclada con el celibato y el sedentarismo. Lloriqueó, ella, al narrar el suceso.
Terminamos en un hotel de paso, con Sofía, y justo aquel día. Su piel lejos de mi tacto, pero pegajosa a la vez. Me dio por mirarla al desvestirse, observar su sexo ya sin motivo. Su motivo lógico, el de la hembra que siente seguridad en sí misma y llega para ganar terreno. Aquel terreno sin dueño o con un propietario desconocido. Se notaba que la compañía del iraní le sentaba bien. Competencia sería. En ese momento recordé mi último incidente con Palmiro, pensé en mi no-asesinato. Pero Sofía ya no era mi pluma fuente, no. Ella era mi fracaso y deduje que yo era el de ella pero me dejé llevar por la mecánica del sexo y mi Soledad perdida. Al igual que ella. No estábamos ahí, pero el buen tarado no sabe dónde esconderse de sí. Lamenté por mí mismo su forma de expresión, como si yo no tuviera que ver en eso. A veces se da que cuando las personas se sienten seguras de sí mismas, viven lo que no vivieron en su momento, quizá un vuelto guardado.
Pensé en mi Soledad y en mis omisiones para con ella, Sofía había cambiado sus atuendos por otro ideal, no por el mío ni a favor de mis idioteces, no su vida. No había cambiado ella, ni yo tampoco. Sólo una fachada mejor colorida. Se trataba de un ajuste de cuentas en aquella habitación, nada más. -¿Te llamo?- preguntó luego. Creo que no le contesté.
Un día después, yo parecía las hojas que tiemblan al amanecer después del bombardeo. Nada en especial, un viento de guerra no declarada pero que me sacudía un poco. No encontraba el origen de mis espasmos hasta que reparé en la fecha de vencimiento del envase vacío del yogur con cereales.
Me preocupó aquel desayuno, en ese momento pensé en la idea penosa del suicidio pero luego recordé que mi Soledad gustaba de los días soleados y las playas y se me ocurrió que la gente de esas características es incapaz de pensar en quitarse la vida.
Aquel día llamó mi abuela, la del geriátrico. Quería pedirme un favor. La vieja había estado
indagando por Internet las posibilidades de adquirir un escuerzo verde del sur del Brasil. Según parece encontró una tienda de animales que ofrecían servicio de entrega a domicilio, además del pago contra reembolso. Me aclaró, ella, que el hecho de no poseer tarjeta de crédito le había dificultado las cosas, a demás por supuesto de haberse tenido que escapar al locutorio y permanecer ahí hasta realizar las transacciones correspondientes vía correo electrónico y chateando con brasileños a los que poco entendía. Cuestión que la vieja me pidió que le consiguiera cucarachas albinas de las grandes. Así me las pidió, antes de aclararme que en la localidad de Sarandí había un parroquiano que tenía un criadero de estos bichos inmundos donde podría conseguirlos a buen precio. Agregó luego que ella se dedicaría a criarlas en la clandestinidad de su habitación. En ese momento me pareció un despropósito que la abuela me haga realizar tamaña travesía por un simple animalucho, al que más le hubiera convenido comer fideos con manteca. Por otro lado los viejos no pueden arreglárselas por sí solos, es normal -pensé-. Me extrañó, no obstante que la vieja de ochenta y pico de años se interesase en semejante anfibio. Luego de pedir su favor me interrogó acerca de Rolfi, me deslizó al pasar su pensamiento acerca de que las personas a las que se les van los perros suelen tener serios problemas psicológicos y además que cuando un hombre ve en su soledad a la ausencia de una mujer es cuando se le escapan los perros y se vuelve machista o marica. ¡Vieja petulante! -pensé- ¡acaso en tu época el amor no existía! Y sería así nomás, porque aquel sentimiento es cosa de chiquilines y poco tendría esta vieja arrogante de chiquilina. Ver, la familia igual que la oficina nos provee de esas cosas, cuando niños. Tener un hermano a quien darle un palazo en la cabeza y que al otro día con chichón y todo te convide un pedazo de su alfajor, por ejemplo, es una muestra innegable de amor. O la madre, o el padre de uno que ya son otra cosa porque nos quieren porque nos inventaron y punto ¡porque nos querían antes de que naciéramos y sin conocernos!. Una idiotez. Porque la diferencia entre la familia y la oficina es que la cálida
convivencia en una casa no nos da sexo. Porque el sexo en la familia es sólo una puerta que se cierra. ¡Yo soy un tipo de oficina! Ahí, en el trabajo, uno sabe que Pérez salió con Quiroga y que le debe haber ido mal porque al otro día vino con cara de culo, que el flaco Rodríguez es un excelente cocinero y también va bien al arco, que además es el único capaz de haberse acostado con la Bernárdez, que es solterona y por algo será, pero parece que el hijo menor del flaco no es de él porque se parece mucho a vaya uno a saber quién. Por supuesto que la esposa del flaco es ex empleada de la empresa pero de la sucursal Tucumán, por lo que jamás ha conocido ella a la solterona Bernárdez, salvo de vista en alguna que otra comida de fin de año pero entre mucha gente... Ahora ¿y qué sabe uno en la casa con su familia? ¿acaso uno de chico vio muestras del amor de los padres? Porque yo no recuerdo de qué ejemplo doméstico me salió un día el decirle a una chica de catorce o quince que fuera mi novia. Sería quizás de las novelas de Migré que miraba mi vieja... Luego con los años comprendí que aquella niña, al igual que mi pluma fuente me servía
para ciertas tareas... Y todas las cosas de la vida son buenas cuando nos convienen, cuando nos sirven y conforman. El trabajo resuelve grandes problemas: cuando uno no sabe qué hacer de su vida porque parece que nada le queda; debe no obstante pensar en llegar a horario a la oficina. El amor como los caballos por ejemplo, nos gustan cuando nos sirven. Los magos suelen verse estúpidos con el correr de los años, los caballos son lindos bichos con alguien arriba y en la cancha de polo, o en el hipódromo, o en Hollywood pero que alguien le pregunte a los campesinos si les gustan los caballos salvajes. A ver qué dicen. A ver a quién le hacen gracia los caballos salvajes...
¡Porque esos son los de verdad! ¡no esos alcahuetes a los que Brad Pitt acaricia el morro en los filmes! Y a propósito los magos, los caballos y el amor, al igual que tantas otras cosas, son inventos. Necesitamos de alguien que nos haga creer que realmente existen.
Y yo seguía preocupado, depresivo, y con poca gana de irme hasta Sarandí a comprar cucarachas, por esos días. Llamó Sofía y antes que diga nada le dije ¡Sofía!: vos nunca fuiste para mí una verdadera mujer, porque las verdaderas crían hijos y no loros. Tenés razón infeliz -contestó-, yo no soy mujer, ahora soy tu soledad y me das lástima, dejame en paz. Algo así me dijo y quedamos en encontrarnos.
Había yo estado probando la banda de sonido de aquella maravillosa escena. Los Beatles primero pero no; intenté con Luis Miguel pero luego me pareció mejor algo sin letra. Piazzolla... Tampoco, hasta que por fin me decidí por Vivaldi. Esa manía que tiene uno de reemplazar las cosas, cambiar de actividad para llenar esos vacíos difíciles; como las mujeres que cambian sus clases de yoga por clases de apicultura por clases de aeróbic por clases de alemán por sesiones de masajes por sesiones de terapia por un amante inmaduro con motocicleta... Había comenzado a extrañar alguna cosa que me perturbase los sábados de mañana hasta que desde mi ventana de segundo piso lo vi. Averigüé que se llamaba Octavio, quien vaya uno a saber por qué motivo dedicaba mi mañana sabática (y la
suya) a lavar meticulosamente su automóvil. Pocas veces en la vida me impresionó así un
semejante, y eso que de autos no entiendo pero tamaña pasión no vi en ninguna película ¡aprendan cineastas! ¿acaso no saben ustedes nada de la vida? ¿eh, directores? Compré unos prismáticos y con mate amargo y las Estaciones de Vivaldi me deleitaba con el tal Octavio. Envidiaba su dedicación y el empeño que ponía en quitar las máculas de los cristales con un trapito impregnado con uno de esos productos nuevos en aerosol; luego de haber estado cepillando con espuma y enjuagando a posteriori aquel cuerpo metálico color sangre. El paragolpes luego; hasta quedarse parado a unos metros del vehículo a observarlo como quien mira desvestirse a la mujer amada ¡Ay Vivaldi si hubieras palpitado uno de estos rodados rojos! ¡qué sería de nosotros tus oyentes! Esa magia, esa visión impostergable a la que había puesto banda de sonido me transmitía una sensación de paz,
como si todo en el mundo estuviera en su lugar; representaba mi vida, mi niñez entera en ese trapo viejo y manchado que es la memoria. O mi pluma fuente, esa magia a la que podía extrañar en cualquier momento. O Sofía entre signos de admiración, yéndose a comprar el diario, en la cama o en la cola del supermercado; en todo ese enredo de momentos que fuimos...
Así y como pasa en cada semana llegamos al viernes, pero al del encuentro. Ella esta vez sin accesorios ni vueltas; más parecida a mi Soledad perdón, a mi Sofía. Es bueno encontrarse a veces con quien es en realidad ese alguien, además de aquella mujer quizás me había encontrado conmigo mismo en alguna mesita esperando a alguien, a ella o a un recorte de mi vida. Me era indiferente. -Cerveza- dijo al mozo y comenzó diciendo que había roto con el iraní (en realidad intentó pronunciar su nombre pero deduje que no le salió aunque no viene al caso). Ante mi pregunta –creo que nunca nos entendimos- contestó. ¡Me extraña, mujer! ¿Acaso no es normal que entre dos no se entiendan?... No, no es eso, es que... Cómo te explico, pensé que lo hacía para impresionarme, un mes, dos, mató a Palmiro, pensé que quería llamar la atención... Hasta que me di cuenta.... -¿De qué, Sofía?- Que no nos entendíamos porque él no habla castellano. Contestó al fin. -Ni él ni los tipos que vinieron a buscarlo armados y se lo llevaron- Concluyó. Ah, -dije- se rompió.
¿Podrías acompañarme a Sarandí en la semana? -pregunté para salir de un lógico silencio-... Y las horas de bar como botellas de tiempo vacío, vasos de idioteces y recuerdos, ahí, donde cada uno es quien realmente es después de los tragos. ¿Te conté de mi enanito verde intergaláctico? No Sofía, que no recuerdo semejante cosa. Que de chiquita deseaba desesperadamente ese muñequito al que había visto en una vidriera; y que mamá no me quería comprar porque eso era cosa de nenes. Que tuve que sobornar a mi hermanito con dejarlo elegir lo de la tele una semana y darle el postre para que le pida a mamá el enanito verde intergaláctico hasta que así lo conseguí. No me dijiste si me acompañás a Sarandí en la semana -interrumpí mientras aquella medusa emocional intentaba trepar desde mi estómago hasta mi garganta-... - Que algo así me pasó con vos- Me dijo. Pregunté que a
quién había sobornado ella para irse conmigo. ¿Te conté de mi pluma fuente? y reímos un rato. Faltaba que pongan Vivaldi para que el mundo empiece a tener sentido, de una vez por todas y para siempre, y creo que de no ser por la risa y el amanecer porteño hasta hubiéramos derramado unas lágrimas de cábala. Concluimos conque al menos por una vez en la vida habíamos sabido lo que queríamos, ¡por una vez! Y eso nos hizo enormes anoche, a la salida del bar tropezando con bolsas de basura y los besos de los otros; encandilados por ese amanecer porteño que llegó para apagar todas las luces, las de mercurio, las marquesinas, los foquitos coloridos de los burdeles rantifusos. Todas; hasta las del taxi en el que la acompañé a la casa. Aquellas lumbres que ya no tenían razón de ser ante semejante claridad, como mi pregunta de que qué íbamos a hacer. Que que mañana será otro día fue su respuesta. Como la única certeza, si las hay, como que caminando muchas cuadras llegué a casa y un fulano con un balde en la mano al lado de un auto bermejo estacionado en la vereda de enfrente, me ofrecía de ese modo otra certeza. Y que mañana será otro día, supongo.

Texto agregado el 12-07-2004, y leído por 1187 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
2009-07-04 20:15:05 Cuantas palabras, pero es un texto cautivante. pampita
2008-01-17 04:23:52 Me entretuve mucho leyendote mucha magia mucha vida mucho corazón en cada uno d etus textos 5* arcangel_solar88
2007-11-16 10:06:45 Imposible parar de leer. La sensación de que algo sin sentido pueda llegar a tenerlo, te invade de principio a fin. Lo más real es lo imaginario. Da miedo llegar a pensar que los momentos de máxima ficción, sean ciertamente lo único real. Enhorabuena. justine
2007-07-05 21:27:50 No se si es mágico ser tarado pero creo que es inevitable, y supongo incluso que es la más eficaz metodología de subsistencia. Tarado o no, tu estilo narrativo me llevó de las narices hasta el final sin saltearme yuyo, ni pedregullo, ni loro barranquero. En síntesis: Un placer haberlo leído. torovoc
2006-10-25 18:53:13 Concuerdo con gaviotapatagonica: las palabras se agolpan en una vorágine que invitan y obligan al lector a finalizar el texto, a no dejarlo en vías de desarrollo porque no es justo, no es honesto y porque una medusa nos crece por la garganta de manera voraz y nos aplica su coacción para llegar a ese "Y que mañana será otro día, supongo." Gran relato, construído a partir de lo cotidiano, un texto argentino, como aquellos de Roberto Arlt, que uno adivina entre líneas que el marco espacial se resume a alguna calle porteña, alguna ventana oxidada de la Boca. Tenés facilidad narrativa, eso ya lo debés saber. A la manera de la degustación de un vino, me quedó latente en las papilas esto: "en todo ese enredo de momentos que fuimos". Hay algunas repeticiones que no me agradan, pero luego de pensarlo llegué a entender que así lo requería quizás el cuento y que, como le gustaba decir a Antonio Porchia, los sinónimos no existen porque las palabras son irremplazables. Saludos che! elhaijin
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