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CALLEJEROS

Es decir, “de la calle”. Que es una manera como cualquier otra de imponer cierto orden a una serie de textos más bien informes que vengo escribiendo desde hace un tiempo. Resistiendo la tentación de definirlos como «memorias» y alejándome de la presuntuosidad de llamarlos «aguafuertes» o de otras formas alusivas a su singular tendencia descriptiva. Buscando ser honesto con potenciales lectores y leal a mí mismo. Recordando tal vez a ese infinito número de perros sin dueño con los que uno se topa cuando sale a deambular sus horas baldías, estas composiciones tienen ciertos rasgos en común con aquellos bichos de mirada lánguida y andar uniforme, sin urgencias, resignados acaso a un destino anónimo edificado con inclemencias, sin mimos, con algo de tranquilidad y mucho de incertidumbre.

Premeditadamente omito cualquier alusión a los muchachitos que viven de manera similar y me quedo con los perros. Posiblemente porque hablar de la infancia abandonada es, desde hace mucho tiempo, un lugar común propio de letras hipócritas y de autores pacatos que hacen algunos dineros a costillas de la miseria ajena. Poca literatura hay que realmente se juegue por las carencias, las catástrofes, los padecimientos y la mugre que empaña los escenarios urbanos. Y ese es otro campo de batalla siempre demasiado grande para entrar a la ligera.

La calle. Es una manera de hablar de la existencia. La propia y la de los demás. De lo vivido. Lo experimentado día a día. Sin anestesias, sin excusas, sin hacer caso de consejos ni de advertencias. Seguramente habré agradecido los esfuerzos de mis mayores para ahorrarme tropiezos pero sin duda alguna jamás atendí sus llamados de atención. Entonces, los golpes. Esos mamporros indescriptibles que me he pegado contra diferentes obstáculos. Que felizmente pude asimilar...

No se crece dentro de una botella. Ni embalsamado. Ni quieto detrás de los libros o entre papeles. Tampoco se crece en las aulas ni deambulando por claustros y bibliotecas. Bajo las polleras de las madres no se crece. Ni aferrado a los pantalones de los padres. No se crece entre los iguales. Ni en el corazón de los jardines o bajo las glorietas. Mirándose el ombligo no se crece. Ni exagerando el uso de los espejos. No se crece mojando la cama. Ni contándole tus sueños a la familia durante el desayuno o sacándote fotos de comunión. Así no se crece.

Cuando comienzas a paladear el sabor de la calle cuando el empieza a despuntar el sol, es otra cosa. Cuando tu olfato engorda con ese aroma a salitre y yodo que sólo puede encontrarse en los quilombos o en los puertos, es otra cosa. Cuando descubres que cualquier catre de mierda puede comprenderse como una regia cama de dos plazas, es otra cosa. Cuando un amigo puede más que un millón de relojes y cualquier borracho significa más que mil corbatas, es otra cosa. Y es entonces, cuando premeditadamente olvidado de agendas, horarios, heráldicas, modales y preceptos, empiezas a pensar que has iniciado el crecimiento verdadero. Ese proceso interminable que te hará capaz de comprenderlo todo, experimentarlo todo, amarlo todo, sufrirlo todo.

Es entonces cuando muy, muy dentro tuyo comienzan a gestarse cosas indefinidas. Como estas composiciones que desde hace un tiempo un colibrí me señaló como posibles. Que acaso compartas conmigo pero que en una de esas te resulten por completo ajenas. Circunstancia que no he de lamentar, te aseguro, porque muy, muy dentro mío me sé que la calle de la que hablo es un espacio cósmico. Y en ella tú también encontrarás tus propios “callejeros”...





MEDICO BRUJO

“Hechicero indio”, “Matasanos responsable” o simplemente “Loco”, son los diferentes modos en que durante muchos años nos referimos a ese raro espécimen de médico que hizo culo de asistirnos sin emitir juicio alguno sobre nuestros desatinos ni subirse a ninguna cátedra para catequizarnos sobre las maravillas de la ciencia.

Ya ni recordamos cómo se nos adhirió a nuestra trasnochada indagación de la existencia. Habrá aparecido alguna tarde de domingo, cuando en la silenciosa aldea sureña el mortal aburrimiento telúrico operaba como disparador natural de cualquier disparate. La cosa es que apareció. Con esa renguera grotesca con que la polio rubricó sus andanzas allá por los cincuenta. Y todo un complejo sin camuflajes precisamente por ese andar de balancín que los zapatones, lejos de resolver, subrayaban con una tragicómica tendencia a encontrar desniveles, felpudos, baldosas desparejas, escalones y toda una geografía de piso que lo mantenía al borde del accidente.

Y apareció para no irse. Con su silueta desgarbada, un humor extravagante en el que no tardamos en olfatear un hondo escepticismo, cierta mota de amargura, bastante sarcasmo y una lucidez a prueba de todos nuestros fogonazos escolásticos. Con su proverbial sabiduría del cuerpo de los hombres y su psiquis. Con su sostenida argumentación sobre la validez de la medicina general sobre todas las especializaciones. Y sus explosivas denuncias alusivas a los negociados de sus fastuosos colegas. A ese mercadeo escandaloso que transforma a los enfermos en clientes pero que en realidad no es otra cosa que la fachada de una buena inversión que deja sabrosos dividendos.

Fue inevitable que conociéramos su casa. Que nos sorprendiéramos ante el despropósito de esa vasta mansión en obras. Que nos quedáramos sin palabras frente a la pinacoteca, la bodega exquisita, los libros apilados de a cientos, el prodigio de muchas esculturas raras y millares de papelitos con poemas inacabados. Muchas cosas más que la casa estaba allí en construcción...

El Loco se hacía cargo de una vida de soledades y de silencios. Del mismo modo en que asumía su profesión. Casi mudo, llevaba adelante larguísimas consultas en las que el paciente comenzaba enumerando síntomas y terminaba relatando su vida, la de sus ancestros, sus amigos, sus vecinos y sus conocidos. Desarrollaba entonces curiosas estrategias para sonsacar datos que con una grafía horripilante consignaba en carpetas que, conforme pasaban los meses, acababan por sumarse a una vasta colección de gruesos volúmenes.

Muy demoradamente emitía conclusiones que en sus labios no sonaban a diagnóstico. Más aún: apenas sonaban. Los pacientes salían con la sensación de haber descubierto mucho sobre sí mismos y haber dado con la tecla exacta para resolver sus padecimientos. Casi siempre se llevaban también alguna medicina que el Loco regalaba. A cambio de nada. O de muy poco: si se trataba de afiliados a obras sociales, alcanzaba con el bono; si eran particulares, alguna suma modesta que quedaba a su criterio. Ni aranceles diferenciados ni honorarios desmesurados. Ni pretensiones de ninguna clase. Ni, tampoco, fortuna personal.

Raramente atendía el teléfono. La campanilla del timbre sonaba en el umbrío espacio de la mansión una y otra vez, hasta que a uno se le agarrotaba el dedo. Detrás de una larga serie de espejos ingeniosamente dispuestos, el Loco decidía sobre sus ganas. Por supuesto, jamás atendía a domicilio: la evidencia de su defecto físico era una excusa válida. Y el hospital era, sin duda alguna, el escenario natural de su talento sin excusas.

Casi tres décadas marcando tarjeta a las siete y al mediodía. Jefe de sector. Sin vacaciones de verano ni de invierno. Su consultorio se localizaba por la fila interminable de personas que cuando llegaba –casi al alba porque jamás supo de horarios-, ya lo estaban esperando. Se decía en el nosocomio que los demás clínicos la pasaban haciendo nada y cierta maledicencia anónima los acusaba de organizar divertidos torneos de truco y largas sesiones de dados.

Con el pasar del tiempo supimos que era viudo. Que se casó con una de sus primeras pacientes para dedicarse a amortizar los efectos de una rara diabetes congénita que limitaba su esperanza de vida a unos pocos años. Que contra todos los veredictos y las sentencias profesionales, su dedicación superó con holgura aquellos vaticinios. Que la infortunada mujer murió finalmente a causa de un ridículo accidente doméstico. Y que apaleó salvajemente a un atrevido colega que quiso tentarlo con publicar el caso y dividirse las ganancias.

Supimos también que pudo poner a sus ancianos padres a salvo de la locura senil más allá de los plazos conocidos. Que le ganó varias batallas a diferentes variedades de cáncer. Que alcanzó ignoradas victorias sobre leucemias y otros peligrosos males. Que los cirujanos le tenían una tirria sostenida. Que el colegio de médicos en su conjunto, dedicaba largas sesiones a denostarlo y burlarse de sus extravagancias. Y que finalmente tuvieron algún éxito porque la Municipalidad acabó por jubilarlo de oficio. Sin avisarle.

Nos consta que continúa con su casa en obras. Que sus poemas son cada vez más crípticos y más bellos. Que le han empezado a resultar escasas las paredes para los cuadros que le sigue comprando a los artistas menos viejos. Que su colección de vinos no crece porque conserva con quien concelebrar el prodigio de la existencia. Que en alguno de sus patios los colibríes encuentran refugio. Y en las altas cornisas de vez en cuando un Ángel se echa una siesta...






ESA MUJER


A decir verdad, no tengo ni la menor idea si has encontrado a esa mujer capaz de conceder sentido a toda tu existencia, dilucidar hasta la última y más recóndita de tus incertidumbres, resolver de un solo golpe los interrogantes y los insomnios que durante años te han mantenido en vilo, darle color a tus rincones menos luminosos. Explicación a lo inexplicable. Risa a los duelos. Lógica a lo absurdo. Y coherencia a todo ese equipaje que pasaste largo tiempo en escamotearle a los espejos.

No lo sé. Y podría aventurar que no es necesario adquirir tales certidumbres: tal vez puedas comprender igual haciendo un esfuerzo de imaginación. Excediendo los cánones de lo poco conocido que obedezcas de tus cartas de navegación de cada día. Forzándote a colocar tu oculto mundo onírico en la misma línea de las cosas simples como ir al súper, comprar tus cigarrillos, lavar las medias en el lavabo o extraviar una pantufla debajo de la cómoda.

Lo que quiero decirte es que existe, siempre, esa mujer. No podría asegurar que la esperas ansiosamente hasta que llega a tí. Ni proponer que ocurre exactamente lo contrario y eres tú el que, arrebujado en una no visible capa azul, llega hasta la torre inaccesible en que se conserva aguardándote. Ni, mucho menos, especular con la alternativa de encuentros fortuitos o dictámenes del destino. Tómalo si quieres tal como te lo digo: existe esa mujer tanto como tú mismo. Las urdimbres incalculables de los efectos y las causas acaban por generar esa intersección única de tus pasos con los suyos. Y al albedrío libre de ambos queda que sus ojos se encuentren, que lo inefable de la epidermis se realice, que los sentidos inicien las secretas alquimias y lo aleatorio del encuentro despliegue sus estandartes sobre la playa ilota de lo previsible.

¿Si he dado con ella? Si. Ha ocurrido. En el escenario indescriptible de mi horizonte, su propia vida se volvió albatros para el aire quieto y vacío de mi barca. Si prefieres una imagen menos lírica puedo decirte sin pudores falsificados que juntamos exactas proporciones de brasas para un incendio bíblico. Y si acaso te inquietan los transcurrires y los desenlaces, debería contarte toda una serie de episodios ínfimos que bajo la apariencia de eslabones fueron tejiendo la malla sutil del acontecer compartido.

Debería señalarte el progresivo triunfo del pronombre personal de primera persona plural sobre el “yo” opresivo; la consecuente conjugación de todos los verbos para una concordancia perfecta. La caída de los adjetivos ante la sostenida victoria en todos los frentes, de lo sustantivo. El desentendimiento hacia los adverbios. Una progresiva búsqueda de símbolos para extinguir la necesidad esclavizante de poner palabras en todos lados. Y el hallazgo de claves nuevas (gestos, miradas, metafóricas pausas) para comprender lo accidental al margen de los ajenos.

Acaso debería también advertirte sobre los peligros implícitos en tal existencia subversiva. La pérdida de límites. La creencia a pie juntillas en la inmortalidad por decreto. El dictamen singular anulando todos los parámetros de la realidad. Que en algún punto asume identidad de sudestada y rasga los velámenes, desbarata las cubiertas e inicia un prolongado asedio del casco derrotando una a una a las cuadernas hasta conseguir el cansancio de la quilla. Como ya te has vuelto completamente barco no te queda ninguna posibilidad de recuperar las alas perdidas.

Y naufragas. Tal vez en el eje de una indescriptible turbulencia. Tal vez en la quietud absurda de un Leteo que creíste haber domesticado. Acaso la vida te conceda la gracia final de ver cómo esa mujer parte de tus brazos vuelta garza. Dejándote en la piel el milagro especioso de los jazmines y de las magnolias. Y en el lecho frío de las lágrimas una rara e inconmensurable alegría...



Mario G. Linares.-

Texto agregado el 11-09-2004, y leído por 2699 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2005-01-18 07:16:16 Excelentes textos. De los tres, el primero lo encontré insuperable. El crecimiento verdadero. Mis felicitaciones y mis 5* jorval
2004-11-23 22:01:44 Es increíble la belleza que tienen estas letras, la belleza de la amargura, de hacerse fuerte por los golpes más que por las sonrisas, de tomar la vida tal como es y vivirla, vivirla aunque dure un instante. Una maravilla. MCavalieri
2004-09-30 14:19:42 señor mariog, creo que tiene que llegar algún día (espero -muy sinceramente- que sea próximo, para así evitar depresiones dignas de la tercera edad, de esas que vienen acompañadas de armas blancas o rifles de perdigones) en el que tendrá que darse cuenta de su inevitable estado de diletancia, algo muy común entre los humanos; no refunfuñe por favor: lo digo de la mejor manera posible, para asi evitar inútiles contiendas entra la tercera edad y la niñez....un abrazo y un saludo. rata
2004-09-14 22:50:27 Disculpe Linares, este "documental" es muy chato, y eso que lo leí todo, decía, muy ovbio, y además carente de emociones. No obstante, reconozco que me "obligó" a leerlo detenidamente, una constante de lo suyo. Mis saludos. guy
2004-09-12 18:13:21 Sin aliento, que bien escrito en primer lugar. La calle seduce, me gusta el lenguaje elegante. Esos cambios fuertes. Tu lado humano desgarrado, pero sin miedo a exponerse. Seguramente sorprenderas con los siguientes. Muy buen trabajo. Te alejas cada día más de esta página, de escribidores frustrados. evaristo
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